El fallecimiento de la Arq Virginia Rodríguez enluta a la U.N.S.J.

En la tarde de este sábado 5 de junio se conoció la triste noticia del fallecimiento de la Arquitecta Virginia Rodríguez, docente e investigadora de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad nacional de San Juan.

Fue una destacada dirigente y militante en materia de Derechos Humanos,  fuente permanente de consulta y asesoramiento para Radio Universidad. Impulsora de los Juicios por Delitos de Lesa Humanidad y creadora de la Coordinadora de DD.HH, de la que participaban numerosas organizaciones sociales. Siempre dispuesta al diálogo, a la reflexión para rescatar la memoria de los años de plomo de la última dictadura cívico militar de Argentina.

El pasado 25 de marzo estuvo participando de una actividad denominada “plantando memoria” en el CUIM y continuaba actuando en la vida política universitaria con vistas a las elecciones.

Su fallecimiento enluta a la comunidad universitaria.

 

Su historia

Virginia Rodríguez fue detenida a las tres de la mañana del 1 de febrero de 1976 en la casa de sus padres, en Concepción, donde vivía junto a su esposo, su pequeño hijo de nueve meses y su hermana de 16 años. El procedimiento estuvo a cargo de las Fuerzas Conjuntas, y el motivo oficial de las detenciones fue “averiguación de antecedentes”. “En un rato los traemos, le dijo un oficial a mi papá, mientras le daban vuelta la casa”, recuerda Virginia. “A mi esposo Oscar Acosta lo sacaron con los ojos vendados, y a mi, después de preguntarme si era arquitecta y yo responderles que sí, también me vendaron y me tiraron arriba de un camión”. Igual suerte corrieron aquella noche otros estudiantes de la Universidad Nacional de Cuyo y de la Provincial Domingo Faustino Sarmiento, todos militantes de la Juventud Peronista de Concepción. Estuvieron 15 días desaparecidos y luego de los interrogatorios, “al estilo de la época”, todos los secuestrados aquella noche fueron legalizados en el Penal de Chimbas, en el caso de los varones, y en la Alcaidía de Mujeres, en el caso de Virginia y otras dos mujeres. Después de un tiempo todas las presas políticas fueron trasladadas a la Cárcel de Devoto.
Hasta su detención, Virginia trabajaba como profesional en la Secretaría Técnica de la Gobernación de San Juan, dependencia que tenía como objetivo central por aquellos días terminar con la planificación de los diques Ullum y Cuesta del Viento. También se desempeñaba como Jefe de Trabajos Prácticos en los departamentos de Arquitectura y Agrimensura de la Universidad Nacional de San Juan, y en un estudio privado de arquitectura en Vivienda Rural.
“Mi compromiso social me condujo a asumir un compromiso político como estudiante en las filas del peronismo, que luego continué como profesional. Estaba convencida que todos los jóvenes teníamos como generación la responsabilidad de participar en materializar un país y un mundo mejor, y que la forma de participar debía ser desde el lugar que cada uno creyera más conveniente y el nivel de compromiso que pudiera asumir en e sta construcción popular colectiva” explica Virginia, quien se había recibido de arquitecta en 1973, el mismo año en el que se restituía la democracia en el país tras el golpe militar de 1966. Su época de estudiante en la universidad estuvo caracterizada por un contexto de intolerancia política en todo el país.
La dictadura militar marcaría para siempre la vida de la arquitecta Rodríguez y su familia, como la de todos los argentinos. Virginia y su compañero Oscar fueron liberados definitivamente en 1983, tras sufrir siete años y diez meses de encierro y vigilancia. Fueron los peores tiempos, aunque siempre estuvo como atenuante el amor. La segunda hija del matrimonio nació durante la detención en el Penal de Chimbas y la tercera durante el periodo de libertad vigilada en el domicilio particular de la pareja. El mayor de los cuatro había nacido en los tiempos de la democracia “amenazada”, antes del golpe del ‘76, y la última en la época posterior a la dictadura.
Los años de separación física entre el matrimonio y sus hijos fueron muchos, pero la comunicación afectiva y espiritual que pudieron sostener con ellos, a pesar de los obstáculos y gracias a la ayuda de sus familiares que les hablaban a los chicos de sus padres y les leían sus cartas, fue fundamental para lo que sería el posterior reencuentro y reconstrucción de la identidad familiar. Para Virginia no es fácil explicar la intensidad y profundidad de aquellas vivencias que aún hoy se contraponen con el profundo dolor de esos años. “El reencuentro con mis hijos no puede describirse con palabras, fue un momento maravilloso para ellos y para mí: abrazos, besos, caricias, lágrimas, risas… Mi hijo mayor, Ernesto, continuó yendo a la escuela a pesar del impacto emocional, pero mi hija Eva no quería separarse ni un instante de mí; su maestra de grado y yo respetamos su necesidad emocional y le permitimos ausentarse por dos semanas a la escuela. Ambos continuaron su vida con normalidad, superando lo que les tocó vivir, e integrado a sus dos hermanas menores con naturalidad, ayudando a fortalecernos como familia numerosa con escasos recursos económicos, pero con mucha creatividad y alegría de vivir”.

Fuente: Revista La Universidad

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