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EL SUPERCLÁSICO DE LA IDENTIDAD

Coordinadora DDHH del Fútbol Argentino

Pablo Gaona Miranda dice que, en el tsunami que significó recuperar su identidad, siempre supo que había nacido de River y que iba a seguir siendo de River pasara lo que pasara. Cuando lo dice, la sonrisa se le hace ancha y le transforma la cara.

Sabino Abdala Falabella dice que su tío le contó que a los dos años, antes de que lo secuestraran junto a su papá y a su mamá, atajaba gritando que era el Loco Gatti y que eso prueba que en ese momento ya era de Boca. Cuando lo dice, se le pone la piel de gallina y no tiene manera de ocultarlo.

Pablo y Sabino fueron víctimas del plan sistemático de apropiación de menores desplegado por la última dictadura. Pablo y Sabino son dos de los 128 nietos y nietas recuperados que se reencontraron con la verdad que pretendieron robarles por los tiempos de los tiempos. Pablo y Sabino, en la previa de la segunda final de la Libertadores, copa de agua de por medio y en uno de los salones de la casa de Abuelas de Plaza de Mayo, charlaron sobre el fútbol, sobre la memoria y sobre lo que puede suceder el sábado en el Monumental. Pablo y Sabino viajaron desde la pasión por una camiseta hasta la construcción de la identidad; y, también, desde el deseo de ser campeón hasta la certeza de que, cuando enfrente están los genocidas, no hay rivalidad que les impida jugar para el mismo equipo. Lo que sigue es todo de ellos.

-Es una final histórica y emocionante, Pablo. La ida la vi a cuatro cuadras de la cancha con unos amigos. Todos bosteros, por supuesto. Lo raro fue el tema del delay: los goles nos llegaban antes por el ruido por la gente que por la tele.

-Yo me encerré en mi casa. Solo. Por los nervios. Me tomé una cervecita mientras mi mujer intentaba controlar a la nena. Sufrí bastante.

-No sé si alguna vez te lo conté. Me secuestraron el 16 de marzo de 1977, cuando tenía dos años y ocho meses. Recuperé mi identidad a los 20. Ahí fue que me enteré, por uno de mis tíos biológicos, que de chiquito yo atajaba y él pateaba. Y yo decía que era Gatti y ya era de Boca. No te miento: te lo cuento y se me pone la piel de gallina otra vez. Después me cambiaron la identidad y seguí siendo de Boca. Es lo único que nunca cambió en mi vida. Está muy arraigado a quién soy. Me pasó de todo pero esto lo mantuve como si no pudiera moverse.

-Yo soy de River porque mi apropiador, aunque no le gustaba mucho el fútbol, era de River. Y ser de River es una parte importante de mi construcción como persona. Yo tengo una explicación para eso. A mí me restituyeron la identidad en 2012. Tenía 34 años. Estaban falseados mi nombre, mi fecha de nacimiento y mi partida de nacimiento. Pero mis amigos y mis vivencias no eran falsas. Viví cosas muy buenas durante todos esos años. Y una de las cosas que más valoro es ser hincha de River. Es más: creo que es lo más valioso que me quedó de aquellos años.

-Debe haber gente que cambia de club pero es muy difícil. Es como dice el personaje de Guillermo Francella en El secreto de sus ojos: se puede cambiar de todo menos de pasión. Y eso me pasó a mí: cambié de todo, hasta de nombre, pero no de pasión. Y, además, el fútbol me sirvió para conectarme con mi familia biológica. Ni bien recuperé mi identidad, lo único que me vinculaba con mi tío materno era el fútbol. Vos lo sabés bien: no es fácil ese proceso. No es ponerse un chip con tu verdadera historia y salir a la calle. Yo tenía una historia anterior y a veces no es sencillo buscar cosas que te unan. Ser de Boca me permitió ver partidos con mi tío y con sus hijos y eso me ayudó mucho.

-Me sucedió algo parecido. El fútbol me dio un primer tema de conversación con mi familia paterna. Nos conocimos y enseguida me preguntaron de qué cuadro era. Chicho Gaona, uno de mis tíos, había jugado en Boca, en Belgrano y en Platense. Eran tan fanáticos que me dijeron que me buscaban en una cancha de fútbol. Fantaseaban con que yo fuera jugador. El fútbol permitió descomprimir la tensión inicial y entrar en otros temas más profundos. Yo precisaba preguntarles por mis viejos y ellos querían saber qué había sido de mi vida durante 34 años.

-También desde el fútbol conocí más de mis viejos. Mi papá era de Racing y mi mamá, de Boca. Ella vivió durante un tiempo en La Boca e iba a la cancha con mi tío. Mi abuelo materno también era xeneize. Ser de un club es como formar parte de una familia. Es un lugar al que pertenecés. Yo fui mucho con amigos a la cancha: comía en el boliche de Quique y expresaba en la tribuna parte de todo lo que sentía.

-En mi caso, ser de River funcionó como una certeza incluso cuando en mi vida había pocas certezas. Mil dudas tenía cuando me acerqué a Abuelas: si me iba a cambiar el nombre, si iba a tener hermanos, si mi abuela iba a estar viva, qué me iba a esperar del otro lado, qué cosas iba a perder. Pero de lo único que estaba seguro era de que no iba a cambiar de club. Y eso es el sentido de pertenencia. Yo sabía que era de River, que había nacido de River y que eso lo iba a mantener pasara lo que pasara.

-Es que el fútbol es así. Es estar en las buenas y es estar en las malas. Lo comprobé durante los ochenta, una época en la que a Boca no le fue bien. Eso te hace ser todavía más hincha. Y también están las alegrías: si tengo que elegir, la Libertadores de 2007, con Román en la cancha, fue inolvidable.

-La Libertadores del 96 es de los mejores recuerdos de mi vida. 26 de junio de 1996. Estuve en el Monumental contra América de Cali. Dos goles de Crespo. Fue la primera que disfruté a pleno por un tema de edad. Tenía 18, seguí toda la campaña y me acuerdo de cada detalle de esa noche.

-Pero los clubes son más que lo que pasa adentro de la cancha y de lo que nos pasa a nosotros mirando los partidos. Soy de los que cree que el fútbol puede contribuir mucho a la memoria, que para nosotros es una pelea cotidiana y fundamental. Que hoy tantos clubes se manifiesten sobre los Derechos Humanos es producto de una larga lucha de las Abuelas y de las Madres. Los clubes, los futbolistas y los técnicos pueden aportar mucho para encontrar a los que siguen sin conocer su verdadera identidad. Los nietos y las nietas que faltan pueden estar acá a cuatro cuadras o en Europa. Y necesitamos encontrarlos.

-Sin dudas, Sabino. La repercusión que genera una acción de cualquier club es notable. ¿Quién no recuerda cuando Ignacio, el nieto de Estela, estuvo en el Monumental y recibió una camiseta? A mí, como hincha de River, me da orgullo que mi equipo, que tuvo como socios honorarios a jerarcas de la dictadura, se comprometa de esta forma. Hay clubes que ya tienen áreas de Derechos Humanos y eso es una grata sorpresa también porque los clubes son formadores de personas, no sólo de hinchas.

-Seguro. Pero los partidos son los partidos. Y yo estoy tranquilo porque al sábado llegamos de punto. Ustedes son los locales. Fue parejo en La Bombonera. Si entraba la del final, cambiaba todo. Quiero ver cómo lo plantea Barros Schelotto.

-River fue superior salvo el último rato y tuvo la mala suerte de que le hicieran dos goles en los que marcó mal. Si ajustamos algunas cuestiones defensivas y mantenemos la intensidad, nos llevamos la Copa. No nos va a pesar la localía. Hay un grupo de jugadores que viene junto desde hace tiempo y a eso se suma la confianza que le tenemos al técnico. Boca puede ganar pero River tiene más argumentos.

-Yo tengo un déjà vu de lo que pasó en la semifinal de 2004. Se puede dar algo parecido. Boca tiene una delantera que River no tiene. Wanchope y Benedetto están muy bien. Tevez tiene que entrar en el segundo tiempo para liquidarlo.

-Yo que vos tendría en cuenta que River fue en desventaja dos veces de visitante y se repuso. Y eso no es menor. No sé si Boca lo podría hacer en el Monumental. Tengo la teoría de que, si hacemos un gol, lo cerramos.

-No sé. Ya vamos a tener tiempo para ver quién tenía razón.

Lo sabe Pablo y lo sabe Sabino: la Copa está para cualquiera.

Lo sabe Sabino y lo sabe Pablo: el fútbol es una enorme excusa para aferrarse a lo mejor de la vida.

Lo saben los dos: cuando la identidad tiene forma de pelota, no hay impunidad que pueda detenerla.